dijous, 19 de juliol de 2012

¿Por qué EE.UU es la cuna de los think tanks?


Aunque no podemos pasar por alto la extensión del fenómeno de los think tanks más allá de las fronteras estadounidenses, hemos de insistir en que la diversidad en el estilo, la actividad y el objeto de análisis complican la elaboración de una definición unívoca e internacional de los think tanks. Dicho en otras palabras, la importación del modelo norteamericano no siempre certifica como think tanks organizaciones que, a pesar de coincidir en los fines, son estructural y funcionalmente distintas de los modelos norteamericanos. Y es que los think tanks son un fenómeno quintaesencialmente estadounidense. Desde este ángulo, es crucial la noción de librepensamiento (free-thinking) etimológica y operativamente inherente a los think tanks, aunque este pensamiento autónomo e independiente no es, ni de lejos, un denominador común del fenómeno en EE.UU.

El factor cultural deviene así el primero a tener en cuenta a la hora de abordar analíticamente los think tanks, preguntándonos si estamos ante una figura estrictamente norteamericana y, por lo tanto, si el sistema político de ese país condiciona y limita su presencia en otras culturas y sistemas políticos.

El punto de partida requerido para ofrecer una respuesta coherente es analizar las razones de la implantación y desarrollo de estas organizaciones de análisis político en EE.UU., se llamen fundaciones, institutos o centros de estudios, o adopten cualquier sigla o logotipo. Son cuatro las principales circunstancias de índole política del crecimiento constante de los think tanks en aquel país.

En primer lugar, la fragmentación del sistema gubernamental. El sistema político norteamericano reposa en la separación entre los poderes ejecutivo y legislativo. A diferencia de otros sistemas, el Congreso no adopta automáticamente el programa del presidente, ya que el primer mandatario también legisla. Cuando el Congreso y la presidencia están controlados por partidos diferentes se incrementa la posibilidad de acciones independientes y de conflicto, lo cual genera una multiplicidad de analistas. De otra parte, los departamentos del Gobierno también están fragmentados en diversas agencias gubernamentales, con intereses propios y preferencias políticas. Esta balcanización de la Administración pública norteamericana dificulta su control por el responsable del departamento.

Por otra parte, la independencia también afecta a cada uno de los representantes y senadores individualmente, dando lugar a una situación que contrasta fuertemente con la de sus homólogos de los sistemas parlamentarios europeos, incluido el británico. Representantes y senadores gozan de una gran libertad de decisión, sin que exista ninguna limitación derivada de la disciplina de partido. En los últimos años se han dado múltiples ejemplos donde miembros del legislativo han elegido seguir una línea diferente de la oficial de su partido, hasta el punto de adoptar la postura contraria y alineada a la del partido adversario. Aunque estos comportamientos no sean bien recibidos, son respetados y en ningún caso implican la expulsión del partido.



Otro elemento determinante es la ausencia de partidos políticos fuertes. Son fundamentalmente potentes máquinas electorales que, en cambio, no tienen la capacidad de ofrecer experiencia política. Los think tanks también se crearon para llenar este vacío.

Asimismo, el sistema federal estadounidense extiende esta dispersión a las responsabilidades políticas del Gobierno federal y de los Gobiernos federados, que se suma a la ya existente en el seno del sistema capitalista entre las responsabilidades de los sectores público y privado. Tal multiplicidad de participantes en el juego político se incrementa con la creciente importancia del tercer sector, el de las organizaciones sin ánimo de lucro.

En segundo lugar, son pocos los cuerpos que aglutinan los intereses privados. Los partidos políticos no se han comprometido seriamente en el desarrollo político. Además, existe una carencia de estructuras corporativas que permitan negociar con el Gobierno en nombre de los intereses privados.

En tercer lugar, los problemas gubernamentales son cada día más complejos y están cada vez más interconectados, como demuestra el conflicto entre el desarrollo económico y el medio ambiente. Este factor comporta la dificultad de encontrar expertos o consultores que puedan analizar esta complejidad que supera las especializaciones académicas. Si ha esto añadimos las interdependencias internacionales, la situación se complica todavía más.

En cuarto lugar, la última circunstancia es el aumento de nombramientos de políticos para cargos de gestión pública en detrimento de técnicos expertos. Ello comporta que los burócratas estén más preocupados por su supervivencia política y por el mantenimiento de las prerrogativas que por las políticas públicas.

Es, pues, evidente que el contexto democrático norteamericano es esencial para el estudioso interesado en el desarrollo de los think tanks. Su crecimiento reciente y su éxito no pueden entenderse sin tener en cuenta cómo funciona la democracia norteamericana, y cómo la vida de Washington D.C. es su reflejo. Este es el marco político que ha propiciado la aparición de organizaciones de análisis político para vencer la fragmentación, agrupar los intereses y hacer frente a la complejidad. Sin olvidar, claro está, la tradición filantrópica de EE.UU., favorecida básicamente por los beneficios fiscales de que gozan las actividades de beneficencia.



Aun así, no podemos dejar de lado que una de las especificidades de la sociedad norteamericana es la debilidad de la diferenciación ideológica. Como nación joven, EE.UU. no ha conocido, con la excepción de una guerra Norte-Sur, ni guerras de religión ni revoluciones sociales. A los norteamericanos, a diferencia de los europeos, no les interesan demasiado las discrepancias ideológicas, como muestra su enraizado bipartidismo. Entre los dos partidos dominantes no hay prácticamente diferencias de ideología, aunque ambos se identifiquen con determinados estratos sociales. Es más, en el seno de cada partido coexisten diversas tendencias: liberales, conservadores, proteccionistas, partidarios del libre comercio, intervencionistas y no intervencionistas.

Estos partidos se centran en temas relevantes, como la rebaja de los impuestos, la reforma del sistema de ayudas sociales, la reducción de la burocracia, la seguridad nacional, una mejor eficacia militar, al tiempo que comparten un sentimiento anticomunista (hoy también anti-islamista) y el miedo a un debate que destruyese el consenso nacional e institucional. Tal “unanimismo” institucional se traduce en la ausencia de toda la parte izquierda del espectro político tal y como existe en Europa. En un contexto de este tipo, no es extraño que la función principal de los partidos sea electoral, mientras que la ideológica se haya trasladado a la iniciativa privada.

Este repaso a la quintaesencialidad estadounidense de los think tanks no estaría completo sin referirnos a la tradición filantrópica —y sus consecuencias fiscales— de EE.UU. Los países sin una tradición filantrópica ni leyes que favorezcan la filantropía privada carecen de unos recursos fundamentales para favorecer la investigación política independiente. La misma noción de think tank implica la independencia intelectual o, como mínimo, la autonomía respecto del Estado y de los intereses institucionalizados.

EE.UU. cuenta con miles de fundaciones y think tanks independientes del Estado. Su estatuto fiscal les permite recibir hasta el 90 por ciento de su financiación a través de donaciones privadas. La filantropía privada es sólo una parte de las redes asociativas norteamericanas; una tradición estrechamente vinculada a la cultura económica del país. El sistema capitalita prima la teoría de la oferta y la demanda, por lo que los investigadores de los think tanks, siguiendo este principio, no esperan a que se les soliciten sus servicios para ponerse a trabajar. Ellos mismos fijan los objetivos que pretenden lograr y trabajan, tácitamente de acuerdo con sus colaboradores, en proyectos de reconocida utilidad pública. Como en cualquier empresa, intentan luego vender sus productos intelectuales y para ello recurren a las técnicas del marketing. No es extraño que un think tank ofrezca sus servicios a través de una página de publicidad en una revista. Todo esto implica el riesgo, a menudo considerable, de haber implicado durante meses a un grupo de investigadores en un proyecto que no encontrará cliente. Pero arriesgarse es un elemento fundamental de la ética capitalista y del carácter estadounidense. Se trata, sin embargo, de riesgos calculados: antes de iniciar cualquier investigación, se realizan estimaciones y análisis, y la designación de los expertos adecuados no se lleva a cabo hasta después de largas deliberaciones.



Los think tanks se rigen por la economía de mercado. Se enmarcan plenamente en la cultura de los negocios. Más aún, son empresas regidas por la competitividad, las más modernas técnicas comerciales y otros tantos elementos que condicionan la evolución de las empresas de nuestro tiempo.

Existe igualmente una paradoja que ya hemos apuntado y que, aunque es inherente al fenómeno de los think tanks, debe ser considerada. Nos referimos a la mezcla de fascinación y escepticismo —incluso desdén— por la experiencia. Algunos autores explican que el hecho de criticar ferozmente a los expertos y a los intelectuales es una vieja tradición estadounidense, del mismo modo que es habitual alabar la sabiduría e inteligencia práctica de la ciudadanía. Este desprecio por la figura del intelectual es compartida a veces por determinadas elites: el presidente Woodrow Wilson, a su vez intelectual de primer orden, advirtió del peligro que suponía otorgar demasiada importancia a los expertos. De hecho, en la sociedad norteamericana, todo va bien si los expertos ofrecen valiosos estudios y argumentos inmediatamente aplicables. Si la experiencia parece adulterada, el público y la clase política rechaza el producto y a los expertos. En pocas palabras, los expertos e intelectuales no tienen el derecho a equivocarse.

En suma, la idiosincrasia estadounidense de los think tanks es innegable. También es evidente que ningún otro país ha generado un fenómeno tal y de tales proporciones. La experiencia privada, a pesar del recelo nacional hacia los especialistas, ha llegado a influenciar todos los aspectos de la sociedad norteamericana. A causa de la dura ley del mercado, los think tanks están obligados a alcanzar y mantener los más altos niveles de excelencia. Unas cotas que difícilmente pueden conseguirse sin una generosa financiación.

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